jueves, 30 de junio de 2016

LA MONTAÑA ES MI REINO. Reflexiones de Gaston Rébufat.

Gaston Rébuffat es una de las grandes leyendas alpinas, a la vez que un extraordinario narrador. Ahora mismo estoy leyendo su libro “La Montaña es mi Reino” y he decidido compartir con vosotros parte de su sabiduría, de sus reflexiones, de su mirada… A través de su prosa sencilla y sincera, la esencia del alpinismo, concebido no como deporte, sino como una vida “entre el cielo y la tierra”, impregnada de un profundo sentimiento de la montaña.



Espero que disfrutéis tanto como lo estoy haciendo yo.

[…]

... Las montañas al igual que los océanos, o los desiertos, son nuestros jardines salvajes., tan necesarios o indispensables como el agua o el pan, no solamente porque el aire resulte más puro que en las ciudades, sino porque ante todo constituyen lugares de plenitud, donde el hombre puede caminar, correr, detenerse, contemplar, trepar navegar, tener sed, utilizar el vigor del cuerpo, y hacer respirar su corazón y su alma.

... Frente al granito y al hielo, el ser humano es de porcelana; frente a la imagen de eternidad, la imagen de la misma fragilidad. Y, sin embargo, pletórico de amor, voluntad, y comprensión. ¡De que no sería capaz! Cuando Bonatti escala una pared vertical no pesa nada para la bascula de la Naturaleza, apenas representa una brizna de hierba; algo parecido a Bombard con su lancha neumática en la mitad del océano. Una ráfaga de viento o una ola, y desaparecen. No importa.





... Creo que si las peculiaridades de la época en que vivimos residen en la realización de inventos admirables, también deben vislumbrarse al asumir la inconmensurable riqueza, fuerza, generosidad y ansias de libertad del hombre desnudo, sin armas ni maquinas, solo o en grupo, frente a la gran naturaleza. ¿Existe algo más natural que la urgente necesidad humana de aprovechar esta riqueza? Cuando somos niños, subimos a los arboles o a los muros por el simple placer de escalar, para descubrir y ver desde lo más alto lo que está más lejos. ¿No es eso lo que los mayores llaman alpinismo? ¿Acaso hemos sabido conservar todavía ese instinto infantil? ¿Nuestro placer es escalar, elevarnos en el cielo neutralizando la gravedad?





Sin duda también existe el placer de sentir que se tiene la propia vida entre los dedos, que se controla la propia existencia. Algunos escaladores son muy sensibles a este sentimiento, yo muy poco. Me gustan las grandes dificultades, pero hoy más que nunca detesto el peligro.

“Qué valor tiene usted para hacer semejantes ascensiones” me dijo alguien al terminar la presentación de una de mis películas. Le respondí que escalar no me exigía valentía alguna porque era parte de mi trabajo, un trabajo que había escogido y para el que estaba cualificado porque no tenía vértigo. Le expliqué, sin orgullo ni modestia, que los grandes alpinistas aman los grandes jardines, la vida y la amistad. Y sienten por todo ello respeto y no afición al peligro. Para practicar alpinismo hace falta entusiasmo, llevar una mochila, dormir más o menos bien, levantarse pronto, sentir el frio, tener hambre y sed, comenzar la actividad aceptando que no se puede interrumpir el juego cuando uno quiere, ni tan siquiera al límite de las fuerzas. Es tan hermoso y excepcional, especialmente en nuestra época, no tener que tratar más que con la roca, la nieve, el cielo, el sol y los vientos…

Hace falta entusiasmo, pero también lucidez, ser consciente de la fuerza moral y física que se posee ante cualquier dificultad que nos supere. También existe el placer de escalar pero por si solo no basta. La escalada no constituye más que una parte de la ascensión, al igual que el escalador no es más que un montañero especializado. El placer del alpinismo proviene de una multitud de cosas y ante todo se encuentra ligado al sentimiento de la alta montaña: un determinado color del cielo, la sutileza del aire, la grandeza del paisaje que nos rodea y por el cual, en realidad, estamos allí. 

… Las montañas se ofrecen al alcance de todos; hombres y mujeres de cualquier edad y la alegría de un motivado principiante, o de un fiel veterano, llegando a la cumbre… 
Simplemente, el alpinista es un hombre que conduce su cuerpo allá donde un día sus ojos se fijaron. Pienso que tenemos un corazón, un alma y unos músculos que forman un conjunto que se muestra feliz cuando se utiliza, lo que nos hace experimentar una hermosa alegría interior. Realizar correctamente unos movimientos, subir bien por una placa o chimenea, intentar algo para lo que se está especialmente dotado, apenas exige esfuerzo, tan solo imaginación. También agarres, adivinar… cada vez resulta más raro en una vida en la que todo se encuentra inexorablemente indicado, previsto organizado, incluso para el ocio. ¡Organización del ocio! ¡Un concepto terrible!

... Algunos días, el alpinista debe plantarle cara a los elementos cuando de improvisto el viento del oeste trae, durante una larga ascensión, la tempestad. Si se está dispuesto a afrontarla, un gran montañero vivirá “grandes momentos”. Pero hay que diferencia bien la noción de dificultad de la de peligro. Tan agradable como escalar cualquier paso extremadamente difícil sobre cualquier placa, desplome o fisura, resulta evitar comprometerse en actividades que podríamos no controlar. La ascensión más bella no merece hacer peligrar nuestra vida. De cualquier manera, la llegada a una cumbre jamás representa una victoria sobre la montaña sino sobre uno mismo.

… Aunque la técnica resuelve problemas y aporta satisfacciones, se mostraría pobre si se separase del espíritu que la ha guiado, tanto en la montaña como en otras actividades.

…Henri Moulin, Edouard Frendo, André Tournier, Alexis Simond y Marcel Bozon, que me iniciaron en la montaña y al oficio de guía me decían siempre: “Primero escala con la cabeza. "Valora lo que quieras hacer y lo que puedes hacer; ante todo el alpinismo es una cuestión de consciencia”. Y añadían… “¡Atención, un poco más allá puede ser demasiada!”

… Renunciar cuando la cumbre se encuentra cerca exige a menudo más valor que continuar. En cambio, algunas veces la única solución es alcanzar la cima para descender por la otra vertiente, mas resguardada y que permitirá una bajada menos larga y de inferior dificultad.

… Resulta bastante fácil escalar bien pero no tanto alcanzar el equilibrio personal. Lo importante es llegar a conocerse bien, encontrarse capacitado – pase lo que pase – para hacer lo correcto, sin temor ni exaltación, tener en todo momento la cabeza sobre los hombros, no confundir dos nociones tan diferentes, dificultad y peligro. La primera es sana, la segunda resulta morbosa. Los montañeros aman la belleza, la amistad y la vida, las respetan y rechazan los riesgos fáciles y estúpidos

El alpinista conocerá en la cumbre la felicidad, podrá contemplar un horizonte que se pierde… Si un avión lo hubiese depositado en la cima, la vista resultaría la misma pero no sería tan bella; el esfuerzo y la amistad representan los pilares de nuestro deporte. “Para ver bien no basta con abrir los ojos, primero hay que abrir el corazón”

Las montañas – como los mares, los ríos, los bosques o los desiertos- constituyen nuestros terrenos de juego. Abajo, al pie de la pared, dos hombres mil veces minúsculos, allá en lo más alto de la cima. Pero cuando alcancen la cumbre, que nadie se equivoque, haya sido fácil o difícil la escalada, no se trata de una “victoria sobre una cima”.

¿Quizá podríamos hablar de victoria sobre uno mismo? También representa una bella frase. Pienso que resulta una bella frase. Pienso que resulta algo aun más simple y directo que eso: hemos nacido con un cuerpo, unos músculos, un corazón y una alma; esta, nos ha llenado – lo queramos o no – de ardores y anhelos. Las montañas constituyen terrenos donde podemos experimentar lo mejor que la Naturaleza nos ha dado “gratuitamente”. Y es que muy en el fondo de nosotros existe el deseo, la necesidad, el placer de jugar y respirar; es decir, de correr, saltar nadar, trepar…

Ascender por una pendiente con peligro de avalanchas o atravesar un corredor en el que caen piedras no resulta difícil sino peligroso; la gravedad existe siempre, incluso para las rocas y los maravillosos cristales de nieve y resulta estúpido o infantil hablar de “la montaña mata” o de “Alpes homicidas”, expresiones tan utilizadas como falsas. Lo verdaderamente importante para un escalador es conocer y aceptar estos límites, pueden variar constantemente.



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